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CAPULÍ, VALLEJO Y SU TIERRA
EVOCACIONES
CARNAVALES
DE MI TIERRA
Danilo Sánchez Lihón
“La infancia nos llena las manos de globos y limosnas, la boca de pitos y azucenas.” Alejandro Romualdo
(Los siguientes son recuerdos vinculados a las fiestas de carnaval en Santiago de Chuco, pueblo de arraigadas tradiciones, a visitar el cual invitamos con ocasión de desarrollarse el próximo Encuentro Internacional Capulí 7, Vallejo y su Tierra, caravana que contará, como en los años anteriores, con la presencia de maestros, jóvenes estudiantes, artistas e intelectuales en general, y que se llevará a cabo entre el 19 y 21 de mayo del año en curso, siendo única e irrepetible la experiencia de conocer dicho pueblo andino, cuna del autor de los Poemas Humanos, en un marco de fraternidad y comunión de ideales.
1. Ojos negros llenos de reproche, pero también de regocijo y picardía
Fiesta grande es el carnaval en Santiago de Chuco. Empezaba silenciosamente una mañana cuando –el jueves anterior al Miércoles de Ceniza– en el pozo de la acequia encontramos al Tashano –¡cosa rara!, ¡él agachado en el pozo!– haciendo algo a todas luces sospechoso. Al mirarlo ha tenido el gesto de complicidad y de querer ocultar algo.
Febrero es el mes en que el sol aparece fulgurando entre un rebaño de nubes alborotadas que se apelotonan en el cielo. A estas horas de la mañana el sol, sabiendo que pronto le ocultarán los nubarrones, dora caprichosamente todo lo que toca: los campos llovidos en la noche, los techos desvelados por los aguaceros, los cerros aledaños que al verde de los sembríos añade los vellones blancos de la neblina que suben como rebaños sigilosos desde lo profundo de las quebradas.
– ¿Qué haces Tashano? – Shhiiittt, –nos hace callar.
En el depósito que esconde hay unos frutos estupendos: ¡globos de carnaval! que se balancean en diferentes colores en el balde de agua. Se agacha otra vez hasta casi desaparecer en el pozo y con la mano lleva el agua a la boca. Infla los carrillos, endurece los labios, apretuja los ojos y hace ingresar unas bocanadas de líquido que se introduce con grumos de arena al jebe que se estira, redondea y va haciendo cada vez más transparente su color.
Es el anuncio subrepticio del carnaval los globos que están allí como duendes extasiados o demonios escondidos, mientras en la piedra de al lado hay una bolsa de esos canutos extenuados con su boca abierta, redonda y de labios que dan la vuelta, esperando ser llenados de agua para luego lanzarse zumbando por el aire e ir a estrellarse en los hombros, cadera o espalda de alguna muchacha que la travesura de los juegos porfían en mojar.
– Coge para ti los globos que quieras, –me dice. – Gracias Tashano.
¡Qué maravilla inflar estas tripitas de colores opacos que poco a poco se hacen brillantes y después tenues en sus matices y adoptan forma de peras, paltas, mangos, duraznos y pepinos que repletos de agua vuelan perversos y malvados por los aires! Mientras pugna por hacer ingresar la primera bocanada yo le traigo una vasija y le voy alcanzando el líquido que sale con arena y todo. Aprovecha lo de encima y lo del fondo lo separa diciendo:
– Bota esa agua y pásame otra más limpia.
Refulge el sol en las paredes blancas y extiende su pelambre compasiva por algunos retazos de las calles de tierra húmeda. Brilla el rocío tembloroso prendido aún en las copas de los árboles en las malvas y espigas desafiantes brotadas encima de los muros.
Y así llenamos un balde lleno de globos que luego él dispara a todas las muchachas ensimismadas, que gracias a él por primera vez veo correr como vicuñas en peligro para refugiarse en la casa más próxima de alguna vecina, asustadas primero, molestas después y luego sonrientes, atravesando con la flecha de sus ojos negros llenos de reproche pero también de regocijo y picardía. ¡Ha empezado la magia del carnaval!
2. Vivos o muertos los que yacen regados en la tierra
El sábado pasa de subida al barrio alto la Banda Municipal entonando aquella marcha que dice:
Arriba caballo blanco, ciluló ya llegó carnavales, ciluló. A la una, a las dos, a las tres qué lindo es, qué lindo es.
– Van a bajar a Ño Carnavalón. Subamos a ver desde el techo –dice mi madre, porque desde ahí se divisa el Estanque de Agua donde preparan al ídolo y lo hacen montar en un burro. Es un muñeco grande, con una cabezota gigantesca, que preside un desfile por las calles embelesadas entre la algarabía de las comparsas, los grupos de enmascarados y los compases de la banda.
Viene Ño Carnavalón montado en un burrito indulgente que no se inmuta con los cohetes y avellanas que revientan en sus orejas, sostenido por un jovenzuelo intrépido que lo coge y hace que mueva los brazos como si saludara a la gente. Delante, a los costados y detrás todos bailan a los acordes del conjunto musical que es el único punto adonde no se pueden hacer estallar globos ni arrojar harina, aunque los músicos soporten envueltos en sus uniformes la acometida de alguna muchacha que le espolvorea la cara que significará para él un gesto que no olvidará ni en el momento en que muera.
Por la tarde es el primer combate entre el bando de "Lo verde", perteneciente al barrio alto de San Cristóbal, en lucha fragorosa y denodada con el bando de "Lo rojo", del barrio bajo de San José. Pero antes, las patotas han ingresado a alguna tienda y piden al griterío de “¡Cupo!” “¡Cupo!” “¡Cupo!”, un retazo de tela que el dueño corta con manos apuradas y temblorosas y que flameará pronto como bandera por la cual ofrendarán hasta la vida. También el comerciante regala añilina y cualquier otro cachivache para contentar a la turba con tal que se respete su negocio, sus clientes y su mercadería.
Y sigue el tropel por las calles, cada vez más imbuidos de un fervor idólatra a su bandera, hasta que los bandos se encuentran. Entonces se inicia una batalla campal por arrebatar la bandera del enemigo, en movimientos de ataque y defensa, con ardor y denuedo. Varias cuadras abarca la contienda en que se trenzan a golpes unos contra otros. Allí se escucha rechinar de dientes, arengas, quejidos, blasfemias y agonías, hasta que un grupo logra arrebatar la bandera del otro y entonces huye por las calles entre gritos de júbilo, en tanto que los otros les pisan los talones todavía sanos o maltrechos. En el grupo vencedor flamea una bandera victoriosa y otra humillada y vencida. Ahí vienen nuevas y memorables trifulcas de unos por recuperarla y de otros por retenerla; riñas y peleas que se prolongan por cinco días en que las calles son campos de batalla.
Yo he seguido de cerca, aunque al final de la tropa, esas reyertas que abarcaban varias cuadras en donde los mayores luchaban con las cabezas amarradas con pañuelos floreados, agigantados en la lucha y en las proclamas, mientras detrás de las puertas y ventanas las mujeres se desmayaban en el intento de adivinar si están vivos o muertos los que yacen regados por el suelo. Al griterío de: “¡La bandera!” “¡Tenemos la bandera!”, se huye por las calles anegadas de lluvia que de un momento a otro se desata tempestuosa. Huimos si es que poseemos el botín de la contienda que es la bandera, o nos lanzamos a recuperarla si es que nos la han arrebatado, pasando de perseguidos a perseguidores.
3. Nunca se vio a muchachas más hermosas
El domingo es coronación de la reina en la Municipalidad, acompañada de sus damas y pajes, iniciándose el desfile de carros alegóricos por las calles principales. Nunca se vio a muchachas más hermosas ni atuendos más lozanos. En la noche hay Fiesta de Disfraces con el concurso respectivo y el reparto de títulos nobiliarios que anuncia el Canciller de la Orden de Ño Carnavalón: '”¡A don Francisco Villalobos se le nombra Archiduque de Cabracay!”. “A don Carlos Jaramillo Príncipe Heredero de Samada" y así, hasta desternillarse de risa.
Los trajes para el baile de disfraces se hacen en secreto a fin de que nadie adivine quién es la dama o el galán que lo porta. Se usan finas telas de terciopelo, satén, pana y organza, que llegan a las tiendas importadas directamente de sus casas proveedoras de Hamburgo, en Alemania, o de Liberpool, en Inglaterra, desembarcando en el puerto de Salaverry. El lunes es la Jincana en la Plaza de Armas, con ollas colgadas repletas de pintura unas y otras de billetes. Hay carrera de encostalados, de burros al revés, de glotones con las manos amarradas. Por la tarde es el baile de agradecimiento, primero en el mejor club social y después en la casa de la reina en donde se ofrece una fiesta con orquesta, comida en abundancia y lógicamente danza, en donde el arrojo de serpentinas cubre a las parejas hasta por encima de las rodillas.
Abundan los festejos por todos los contornos del pueblo, en los clubes deportivos, en las casas de familia, con desfogue de chisguetes de éter que explosionan al calor de las manos y hasta concursos "de gallos enterrados". Son famosos los "cilulos" (árboles plantados y cubiertos de obsequios) de los barrios, de las trabajadoras del mercado, del club los Andes, del Deportivo Alfonso Ugarte; en torno a los cuales se baila, se golpea con un hacha el tronco y al final se derriba entre el jolgorio general y el agua que se arroja de todos los costados.
La víspera del Miércoles de Ceniza es la quema de "Ño Carnavalón". Pero antes, en la Plaza de Armas se lo pasea en un ataúd y se lee su testamento, satírico, punzante, de críticas corrosivas a los malos funcionarios, a los comerciantes deshonestos, a las autoridades corruptas, a los maestros borrachos y, después, se procede a enterrarlo con un lloriqueo de viudas que lo acompañan en un coro gemebundo –muertos de risa– detrás del grotesco catafalco.
Pero, lo más intenso del carnaval que yo veía era el juego dentro de las casas y principalmente en las de las grandes familias y en donde habían varias muchachas casaderas. Allí la broma empieza primero jugando con harina, luego con afrecho, pronto con agua y después con todo lo que pintarrajee la cara; todo ello con el consentimiento de los padres y hasta bajo supervisión de una junta de familiares que contemplan los desmanes desde un corredor o balcón y participan secretamente siempre a favor de las damas. Vence la facción que hace una captura estratégica. Si es una muchacha la hamacan y arrojan a la poza de agua donde se bañan los patos. Si es varón, después de quitarle la ropa, lo arrojan a la calle pero con polleras de mujer, lo cual será una deshonra que le recordarán en el resto de su vida.
4. Dos empresarios cándidos
Precisamente, para esos juegos mi hermano Juvenal y yo fabricamos un año, con ingenio y curiosidad de empresarios cándidos, pero con imaginación malévola, un producto que consideramos perfecto con el cual pensábamos obtener pingues ganancias y un éxito económico estupendo. Era el humo de pez, cuyo insumo extrajimos de toda pared en donde por las noches humeaba un candil, una lámpara o un mechero expuesto al viento, sea en la cocina, en el callejón de la abuela o en la teja de la portezuela del horno; donde se aglomeran unos bulbos de negro aceite –como si fueran hongos– o grasa temible, que nuestra imaginación proyectaba como buen aditamento para los pleitos que se armaban en los carnavales. Esta empresa la planificamos con meses de anticipación como correspondía a la modernidad impuesta en los negocios.
Pero también había otro sitio en donde nos proveíamos de ese recurso vital y precioso para nuestra “Sociedad Anónima Limitada de Humo de Pez para los Juegos de Carnavales”, como denominamos a nuestra mina de oro. Ese yacimiento era el interior del tubo de la chimenea de la cocina, que con sospechosa adhesión al trabajo pedíamos limpiar cada semana a papá y que recogíamos con hollín y todo en unas bolsas que guardábamos solícitos y mal intencionados.
Días antes de carnaval empezaba el apasionante trabajo y el cálculo de hacernos ricos de la noche a la mañana. Confeccionamos cajitas y también bolsas de papel ¡a cuál más primorosa! en donde, medido a cucharaditas introducíamos ese material divino. Pegábamos y sellábamos, dibujándole rótulos, escribiendo ¡formas de uso! y colocábamos muy visible el precio, sobre todo, de acuerdo a la cantidad contenida en cada caja o sobre.
Y en los días de pugilato abríamos tienda en la puerta de nuestra casa y nos sentábamos a vender nuestro producto maligno. En realidad nos cansábamos de esperar que alguien lo comprara. Nadie venía ni se interesaba en absoluto. Y pronto ya estábamos entretenidos en otros juegos. Pero de un momento a otro venía la avalancha. Arremetía de improviso un tropel de clientes con sus perseguidores detrás que en un instante se llevaban todo el cargamento de humo de pez que nosotros habíamos enfilado en las mesitas que habíamos puesto frente a la puerta de nuestra casa.
– ¡Fíame Juvito, por favor! – ¡Después te pago, Fredyto! – ¡Ay, dame que me cogen! – Te dejo mis zapatos. – ¡Mi plata la dejé en mis pantalones! – ¡Después te la traigo! – ¡Te pago el doble, pero dame pronto! – ¡Te pago el triple! – ¡Te pago el cuádruplo!
Detrás venían las mujeres también acesantes, suplicantes, llorando.
– ¡Fíame tizne, por favor!
Ya había desaparecido la mitad de la mercadería y no había ninguna moneda en la cajita preparada para dar el cambio. Si había una tía –que siempre las hay– se creía con derecho de usurpación por el peligro inminente en que se encontraba su integridad mujeril. Ella no rogaba sino que daba órdenes y nosotros pasábamos a ser sus artilleros:
– ¡Pásame cinco! – ¡Diez! – ¡Dame abierta la bolsa! – ¡Dame otro! – ¡Pónmelo en mi mano!- vociferaba todavía.
Todos despedazaban las cajas con dos garrotazos mientras hacerlas nos había costado horas de trabajo, ahínco y desvelo. Ese momento de demanda suprema duraba pocos minutos, en los cuales la gente peleaba sobre nuestras cabezas, en nuestra tienda y siempre nos caía cualquier cochinada en la ropa o en la cara.
Eran instantes en que hacían tanta falta nuestros productos que nada en el mundo resultaba más urgente, indispensable y vital, tanto que nos mandaban a gritos y alaridos a fabricarlos. Corríamos en verdad y rascábamos la pared de la cocina que caía con piedras y todo sobre el papel de periódico viejo y ya mojado por el agua que se arrojaban. Del fogón sacábamos carbones y cenizas y de la chimenea el óxido y hasta la pintura rojiza que caía en el papel que envolvíamos apuradamente para traerlo al lugar de la batalla en que se convertía nuestra casa de suyo apacible, pedruscos que pasaban a restregar algunas mejillas.
Con eso se embadurnaban la cara entre unos y otros –enemigos tontos y gratuitos a nuestro parecer, pues peleaban entre primos, hermanos y amigos del alma– flagelación que les costaba caro porque varios días duraba a que se les curen las heridas y rasmilladuras que piedras, carbones y limallas les ocasionaban. Después de lavados y cambiados, afeitados y maquillados empezaba la jarana y ya para nunca más se acordaban –por más que los miráramos– que nos habían fiado cien o doscientas bolsitas de humo de pez cada uno, que a nosotros nos había costado mañanas, tardes y noches de dedicación de semanas enteras. Y, sobre todo, de ilusiones de comprarnos hasta un auto. Y si yo fuera financista hoy los cobraría con intereses y todo. Y ni la deuda externa del Perú sería tanta como el monto que me tendrían que pagar desde aquellos lejanos tiempos.
Como expresó el poeta Alejandro Romualdo: Los carnavales en la infancia nos llenan las manos de globos, limosnas; y la boca de pitos y azucenas.
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